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Una izquierda adulta para un país de largo aliento – Repensando el Estado Social en Uruguay

Una izquierda adulta para un país de largo aliento – Repensando el Estado Social en Uruguay

Fernando Filgueira

Jose Fernandez

Jorge Papadópulos

Introducción

La izquierda uruguaya dejó la adolescencia en los turbulentos sesenta, para atravesar un duro proceso de construcción, definiciones, represión, memoria de sangre, y luego entrar con el inolvidable discurso del General Seregni en el balcón de Bvar. Artigas (y las acciones políticas concretas que respaldaron sus palabras) en una juventud y antesala de la vida adulta que la encontró en la oposición, esencialmente responsable, mal que les pese a quienes prefieren echar las culpas de sus fracasos a quienes dicen que no dejaron hacer. Desde esa oposición, frenó la implantación pura y dura del modelo neoliberal y defendió el gasto social y la políticas sociales, al tiempo que denunció y ejerció su rol de contralor y balanza del poder público. También se la vio cooperando con los gobiernos blanquicolorados en los momentos más críticos del país, apostando a la estabilidad y con verdadera vocación de gobierno y responsabilidad cívica. También esta juventud la vio en su primer cargo ejecutivo de gobierno, gobernando la intendencia más importante del país. Pero también esta izquierda pecó de juventud como inevitablemente sucede en los procesos de crecimiento. Fue muchas veces más testimonial que efectiva, vetadora que propositiva; en su defensa correcta del estado, defendió también intereses corporativos que con disfraz de discurso de clase trasladaban su ineficiencia y privilegios en la forma de costos a la población toda; coparticipó, toleró o no denunció con suficiente claridad la chapucería lisa y llana de los gobiernos anteriores, preocupándose más con ataques con eco de slogan, que con la menos estridente pero más relevante crítica técnica a la implementación de las políticas públicas en nuestro país. Confundió también en la crítica y oposición, posturas esencialmente correctas como su oposición al nuevo modelo de previsión social, con otras menos pertinentes como su -al menos retórico y por momentos concreto- enfrentamiento a una reforma educativa de corte igualitario y que de hecho se pensó a contramano del consejo de las agencias internacionales torciendo su mano (es falaz o al menos erróneo seguir insistiendo en que la reforma educativa se inspiró en la líneas de las agencias multilaterales).

Hoy la izquierda es gobierno, y debe por tanto ser adulta. Debe serlo para construir en estos cinco primeros años de gobierno las bases de un país de largo aliento. Todo el sistema político ha pecado de una gran deficiencia: pensamos en el corto -y en contadas excepciones- en el mediano plazo. Casi nunca en el largo plazo. Ser adulto es definir horizontes de largo plazo, es ser capaz de establecer prioridades en base a la ruta trazada, a postergar gratificaciones, a estar dispuesto a corregir rumbos, no sobre la base de la intuición, ni el deseo, ni aún las buenas intenciones, sino sobre la base de balances técnicos y políticos madurados y procesados, con un norte de izquierda. Esto es, con un norte democrático e igualitarista, con vocación de ampliar los alcances concretos de la idea misma de ciudadanía. Ser adulto es también, reconocer nuestras limitaciones y las que el entorno nacional e internacional nos impone. Pero claro está, ser adulto si es solamente eso es ser un adulto aburrido y conformista. Hay que trazar rutas de cambio, rutas que transformen los márgenes de lo posible, lo cual es muy diferente a proponerse lo imposible.

Este documento pretende ser un aporte que interpele al actual gobierno y a sus elencos para enfrentar un proceso creciente de deterioro del estado social uruguayo y de su capacidad para moderar la desigualdad producida por el mercado, identificar y proteger a la población que en este modelo de desarrollo y en esta estructura social es más vulnerable, y reconocer nuevos tipos de riesgos y desigualdades y enfrentarlos mediante políticas públicas adecuadas.

Si nuestro estado se encuentra cada vez más alejado de las poblaciones donde se concentra el riesgo social, el nuestro es también un estado que financia y estructura su protección social de espaldas a los nuevos requerimientos del mercado. El mercado debe ser disciplinado desde la política y lo debe ser porque ello es el cerno mismo de la izquierda. Pero para lograr tal disciplinamiento el estado no puede ni ahogar al mercado ni colocarse de espaldas a este, sino enfrentarlo como un aliado necesario pero salvaje: domar el mercado es el rol del estado, y lo es especialmente en un gobierno de izquierda.

Ni los que se rinden ante una supuesta lógica todopoderosa del mercado, ni los que eligen ignorarlo en sus acciones y políticas ayudan a construir un proyecto de izquierda.

La tesis diagnóstica sobre la que se apoya este aporte indica que en tanto el país cambió su estructura de riesgos (la distribución, tipo y magnitud de los mismos) a partir de profundas transformaciones en el mercado, la familia y la comunidad, el estado permaneció o bien incambiado o se transformó (con muy contadas excepciones) en la dirección incorrecta. Las primeras medidas del gobierno marcan en algunos casos aciertos, en otros persistencia de bloqueos y aún, en algunas esferas, retrocesos.

El presente documento parte de la convicción de que es posible con los niveles de gasto social actuales y un plan de aumento moderado y responsable fiscalmente del mismo imaginar y poner en marcha un proyecto de estado social que cumpla las siguientes cuatro funciones fundamentales:

a. Garantizar un piso de inclusión social para todos los uruguayos.

b. Recuperar tono muscular generacional redoblando la apuesta en la generaciones que definirán la suerte del país futuro: niños, adolescentes, jóvenes y adultos jóvenes.

c. Ser un estado social aliado de la generación de empleo y del desarrollo económico, y no un lastre para estas dos dimensiones.

d. Contribuir a incrementar la igualdad de oportunidades y la equidad social.

En términos concretos este estado social debe procurar en el corto a mediano plazo (los próximos 8 años) los siguientes objetivos:

a. Disminuir la pobreza infantil a menos del 30% (hoy se encuentra cercana al 50%).

b. Incrementar la cobertura en escuelas de tiempo completo al 50% de los niños escolarizados (hoy se encuentra cercana al 10%)

c. Extender horario (a modalidad tiempo extendido –6 horas-) para centros

educativos de ciclo básico ubicados en los barrios de mayor vulnerabilidad social (alcanzar una cobertura aproximada del 30% de la matrícula)

d. Acercarse a la universalización del egreso del ciclo básico y en la matriculación en el bachillerato (hoy estos guarismos se ubican en 70 a 75% y 50% respectivamente).

e. Incrementar las tasas de empleo y disminuir las tasas de desempleo en las parejas jóvenes con hijos entre 0 y 17 años). Idealmente llegar a una tasa de empleo al 75% y la de desempleo cercana al entorno superior de un dígito (10% o menos). (hoy estas tasas para el tramo etáreo de 20 a 29 años se encuentran cercanas al 65% en empleo y 20% en desempleo, menores y mayores respectivamente para los quintiles más pobres)

f. Garantizar un ingreso por asignaciones familiares a todas las familias con hijos entre 0 y 17 años del 40% más pobre de la población, y mejorar la prestación, escalonándola por número de hijos.

g. Alcanzar la cobertura de los niños entre 0 y 3 años del 40% más pobre en centros CAIF modalidad tradicional o combinado para tres años con educación inicial de tiempo completo.

h. Permitir la entrega y servicio gratuito de formas de control reproductivo a toda primigesta menor de 21 años que así lo solicite, en salud pública.

Para muchos estas metas son demasiado modestas. Para otros, los mas cautos y también más informados, poco realistas. Y aún para otros, deseables, técnicamente adecuadas, pero políticamente inviables.

Tengamos claro que hoy el estado gasta en políticas sociales (seguridad social, educación, salud y vivienda más otras servicios sociales aproximadamente el 23% de su PBI) y el 70% de su gasto primario. En otras palabras la mayor parte del gasto estatal es gasto social. Uruguay es el país de América Latina con el gasto social más alto en tanto porcentaje del PBI y uno de los más altos per cápita. A pesar de este nivel de gasto, Uruguay parece estar perdiendo la batalla contra la pobreza, la desigualdad, la integración social e hipotecando, por su balance del bienestar generacional, su futuro.

DEBEN RECUPERARSE DOS NORTES FUNDAMENTALES E INDISPENSABLES PARA UN PROYECTO DE IZQUIERDA: GOBIERNO DISTRIBUTIVO SOBRE EL GASTO SOCIAL Y GOBIERNO SOCIAL PARA MEJORAR LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES, LA SUSTENTABILDAD GENERACIONAL DEL PAÍS Y LA INTEGRACIÓN SOCIAL. SI NO LO EMPIEZA A HACER UN GOBIERNO DE IZQUIERDA CON MAYORÍA PARLAMENTARIA SIMPLE, ESTAMOS CONDENADOS, YA QUE NADIE

SERÁ CAPAZ DE HACERLO, O BIEN POR FALTA DE CAPITAL POLÍTICO O BIEN POR FALTA DE INTERÉS POLÍTICO.

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